“El Chino”

En Millanes, a principios de los años cincuenta, Ismael Barbado Jiménez tuvo una extraña experiencia con un insólito personaje con el que convivió alrededor de un mes, en aquel tiempo Ismael contaba con 23 años de edad y tenía a su mujer gravemente enferma de pulmón.

Cierto día acudió con su bicicleta a Navalmoral de la Mata para informar a la tía de su esposa del estado de salud de ésta. Al contarle a la mujer tan desalentadoras noticias dijo conocer a una persona que hacía poco había llegado al pueblo y decían de ella que tenía el don de curar. Por lo que sin más se dirigió a la pensión donde se alojaba a buscarlo. En unos instantes regresó junto a un hombre que se presentó como José, debería tener unos treinta y cinco años, con barba, ojos rasgados y una gorra en la cabeza. Ismael pensó que tenía cierto aire a Jesucristo pero con aspecto oriental, por lo que lo bautizó como “El Chino”. El millanejo le contó a José la triste noticia sobre el estado de salud de su esposa y el extraño personaje se comprometió a visitar la enferma y se despidió abandonando de inmediato la casa.

Tras el encuentro con “El Chino”, Ismael se despidió de la tía de su mujer y cuando se disponía a volver a Millanes se dio cuenta que la bicicleta con la que había llegado había desaparecido. Inmediatamente pensó que, la bici que tanto le había costado conseguir y que estaba pagando a plazos, había sido robada por aquel extraño forastero. Por lo que enfurecido decidió alquilar una nueva bicicleta en Navalmoral para volver al pueblo.

Pedaleó con rabia de vuelta a Millanes, y cuando se encontraba llegando al pueblo divisó a lo lejos a otro ciclista montando en una bicicleta que le resultó familiar, aceleró el ritmo para ver si se trataba de su bicicleta y del ladrón y al darle alcance vio que era “El Chino”, este sin dejarle hablar le dijo:

-          “Venía usted pensando mal de mí. Creía que le había robado su bicicleta, ¿no es verdad?

-          “Es cierto, lo reconozco, he pensado que usted es un ladrón –dijo Ismael.

-          “Bueno, no importa, vayamos a ver a su señora –dijo el forastero.

Nada más entrar “El Chino” en la habitación donde se encontraba su esposa, Ismael notó como su simple presencia produjo una sorprendente mejora en su salud. Tras observarla con detenimiento le pidió un atadero negro de un metro de largo, se lo ató a la mujer rodeándole el tórax pasándolo por debajo de las axilas, dejando que pendiera un trozo, que al exprimirlo no paraba de segregar un líquido blanquecino, con el que llegó a llenar la mitad de un vaso.  Inmediatamente la mujer comenzó a sudar  copiosamente, “El Chino” extrajo de su bolsillo una pequeña caja con una especie de algodones que empapó de aquel flujo blanquecino del vaso y lo volvió a guardar en la caja. A lo que añadió “Esto me lo llevo para estudiarlo”. Cuando el extraño personaje se disponía a abandonar la casa junto a Ismael ocurrió algo insólito, antes de que el millanejo abriese la boca “El Chino” le contestó:

“No tiene solución, No puedo hacer nada. Su pulmón está lleno de grandes cavernas que me es imposible tapar. De cualquier forma, veré que puedo hacer”

Aquellos días, además de tener a su mujer enferma, la hermana de Ismael, Esperanza Barbado Jiménez, de 29 años, se encontraba ingresada en el Hospital de Plasencia desde hacía tiempo. Ismael acudió junto a su amigo José para verla. Ya en la habitación del hospital, el extraño personaje tras permanecer en silencio unos minutos dijo con un gesto de gran trascendencia, que les iba a mostrar algo sumamente maravilloso y extraordinario, sacó de su equipaje algo que ocultó en el puño cerrado, al abrir la mano quedaron ensimismados al ver una extraña bola del tamaño de una canica que parecía de cristal. Esta esfera no dejaba de bailar en su mano extendida, tras realizar un aspaviento hizo que el singular objeto se resbalase de la mano para caer al suelo. La bola se dividió en cuarenta trozos, cada uno de ellos formó unas bolitas más pequeñas, algo parecido a lo que ocurre con el mercurio, pero con consistencia sólida en este caso. “El Chino” reunió todas las bolas en una bolsita y se las entregó a Esperanza asegurándola que llevando aquello siempre consigo, sanaría su mal.

“El Chino” estuvo conviviendo durante un mes aproximadamente con Ismael y su mujer para vigilar más de cerca la enfermedad de María. Le acomodaron en la casa del al lado, propiedad de la madre de María y vacía en aquellos momentos. Una noche Ismael se levantó sobresaltado por la noticia que recibió en la jornada anterior (su hermana estaba grave y a punto de morir). Saltó de la cama y se dirigió al comedor y allí, sentado a la mesa, a oscuras solamente con un farolillo encendido, estaba el enigmático huésped. “Parecía  que estuviera en la soledad de la noche, murmurando o recitando algún tipo de oración, en un extraño idioma que no entendía. Nada más acercarse Ismael por su espalda le dijo: “Su hermana está mejor”. No sabemos si con aquellas extrañas esferas estaba en contacto con su hermana pero el caso es que al poco tiempo su hermana mejoró su estado de salud y salió del hospital. Durante los días que estuvieron conviviendo con este singular extranjero dio muestras de poseer múltiples poderes, en ocasiones hacía aparecer y desaparecer, gran cantidad de objetos de la más diversa naturaleza en los sitios más insospechados, además predijo situaciones a otras personas que se cumplieron con gran exactitud averiguando datos y acontecimientos de solo estas personas conocían.

José “El Chino” llevaba una especie de soga en la cintura muy apretada y con multitud de nudos, en ocasiones algún trozo de estos nudos caía al suelo, “El Chino” lo recogía, lo besaba y de nuevo lo volvía a tirar, explicando que alguno de los enfermos tratados por él, había sanado con ellos.

Siempre llevaba consigo un equipaje donde guardaba dos largas trenzas, que según dijo eran suyas, pero se había visto obligado a cortárselas, porque entre los humanos llamaría mucho la atención. Además de las trenzas, llevaba varios libros repletos de extraños símbolos que consultaba en sus largas noches de vigilia. En ocasiones el mismo realizaba extrañas representaciones criptográficas sobre el papel. Ismael cuenta que este enigmático personaje periódicamente salía de casa dirigiéndose a las afueras del pueblo, donde tendía unos hilos y mirando al firmamento decía comunicarse con “los de arriba”.

Cuando querías hacerle una consulta, “El Chino” te mandaba ir a por un sobre y una cuartilla al estanco. Había que introducir la cuartilla dentro del sobre y colocarlo debajo de la ropa, tocando el pecho. Después se formulaba en voz baja la pregunta y le entregabas el sobre. Él extraía la cuartilla, le pasaba un producto e iban apareciendo las palabras con la respuesta concreta a la cuestión planteada.

Cierto día “El Chino” insistió a Ismael en que necesitaba una gallina negra, Ismael tenía gallinas pero ninguna negra, por lo que tras conseguir una la puso frente a José. Al  levantar la mano derecha el animal cayó desplomado, había muerto, el millanejo se pidió que la resucitase que no era suya y debía devolverla pero José le dijo que el no había matado al animal si no que en realidad había muerto.

Cierto día, “El Chino” le comentó a Ismael que cerca del pueblo existía una fortuna oculta, un tesoro que solamente podía ser sacado en el mes de abril, pero que había que cavar bastante y harían falta más personas. Ismael buscó a dos vecinos que junto a “El Chino” acudieron cierta noche de abril hasta un lugar donde José decía que se hallaba oculto el tesoro. A la luz de una linterna se adentraron en un olivar y mirando un extraño plano el forastero señaló un punto en el suelo, les pidió cavar justo ahí y les explicó que en principio, se encontrarían unos restos humanos, debajo de estos habría una losa que, al levantarla, pondría al descubierto una serpiente, y, junto a esta, el tesoro. Comenzaron a picar y a los pocos minutos para su asombro comenzaron a sacar restos humanos, efectivamente allí había sido enterrado alguien, siguieron picando y José empezó a ponerse muy malo, y a hacer cosas extrañas. El sudor comenzó a brotarle copiosamente, se quitaba la ropa y decía sin parar: “Me muero, me muero, me muero…”. Ismael junto a los otros vecinos viendo lo mal que se encontraba José decidieron taparlo todo de nuevo y “El Chino” se calmó, ya recuperado les preguntó por qué se habían detenido y le explicaron que le estaban viendo morir por eso decidieron parar, a lo que él contesto que eso no les importaba y tras este percance decidieron regresar al pueblo. A la noche siguiente acudieron nuevamente al lugar y José les dijo que independientemente de lo que ocurriese ellos no debían detenerse. Sucedió lo mismo que la noche anterior, comenzaron a extraer las osamentas y José empezó a ponerse mal “Me muero, me muero, me muero…” decía, mientras se desprendía de su ropa y se revolcaba en la tierra. Ismael y los dos hombres obedeciendo las instrucciones previas continuaron cavando.  De pronto, los picos chocaron con algo sumamente duro, al apartar la tierra descubrieron una sólida losa de piedra. Tras un rato, pudieron romper la enorme plancha de granito pero de pronto, José dejó de retorcerse e irguiendo su brazo derecho hacia ellos lanzó un tenebroso grito: “Quietos”. Esto los dejó paralizados, mientras, “El Chino” se acercaba hacia ellos, con paso lento y bañado en sudor. Ya frente al hoyo, José exclamó: “¡Fuera, no se puede!”.

En ese momento los tres salieron huyendo temiendo que “El Chino” les pudiera matar. El forastero se quedó aquella noche en el lugar. Ellos siempre pensaron que sus intenciones eran quedarse con el tesoro.

Tras este acontecimiento, y estando estable de salud la mujer de Ismael, “El Chino” abandonó el pueblo, no sin antes advertir a Ismael que se acordaría de él, que lo volvería a ver, pero que cuando ocurriera eso no podrían encontrarse porque desaparecería.

Nada más irse del pueblo el enigmático huésped, la esposa de Ismael empeoró su salud y falleció. Abatido por la muerte de su mujer, intento centrarse en la búsqueda del tesoro y volvió solo en varias ocasiones para cavar, pero por más que removió tierra en el mismo lugar allí no había nada, ni esqueletos, ni losa, ni nada.

Pasados unos meses, Ismael decidió emigrar a Palma de Mallorca para buscar trabajo, estando allí se enteró que por el mismo lugar había pasado un tiempo atrás una persona, con las mismas peculiaridades físicas y de conducta que su singular amigo.

Posteriormente viajó a Madrid con la intención de visitar a un familiar, y un día estando montando en un autobús urbano, vio a “El Chino” cruzando la calle. En un primer momento se quedó mirándolo asombrado, no lo llamó ni se dirigió a él si no que se montó en el autobús. Pero el de Millanes, cambió rápidamente de opinión y se lanzó del autobús persiguiendo a la carrera a “El Chino” hasta casi alcanzarlo. Teniéndolo delante, el extranjero giró en una esquina y cuando Ismael hizo lo propio se encontró con que no había ni rastro del “oriental”.

Jamás se volvieron a tener noticias suyas.

 

Fuente: Huellas de otra realidad / Gonzalo Pérez Sarró
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