El crimen de los González

En 1948 en Miajadas (Cáceres) se produjo un bárbaro y horrendo crimen que terminó traspasando las fronteras españolas. Desde Moscú la Emisora Pirenaica, Radio España Independiente, lo bautizó como el “Crimen Azul”,donde se recalcaba que autoridades de Falange querían tapar el asesinato cometido por uno de los suyos: un cacique que mató al novio de su hija por no ser de su gusto.

Como hemos dicho antes, corría el año 1948 y en Miajadas vivía un joven llamado Valentín Corrales Vázquez, un mozo que origen humilde que se dedicaba a la plantación y comercialización de frutas y hortalizas que cultivaba en su huerto. En el pueblo también vivía uno de los caciques más poderosos e influyentes de la comarca, José González Díaz, que tenía una hermosa hija llamada María González Acero. María y Valentín mantenían una relación de noviazgo, algo que no era visto con buenos ojos por el padre de María, según decía: “Valentín no es hombre para casarse con una señorita”.

Cierto día de julio, al atardecer, cuando el horizonte agonizaba y el cielo empezaba a salpicarse de estrellas, Valentín regresaba a Miajadas con una carga de melones, iba montado en un carro tirado por dos mulas cuando a los lejos vio serpentear entre los huertos los faros de un coche, enseguida supo que se trataba del padre de María que venía buscarle. José González paró el coche frente a él y la luz de los faros le deslumbraron, Valentín se limitó a bajar del carro y quedarse de pie junto a él, José se apeó del coche sin parar siquiera el motor y encarándose sereno pero afable le dijo: “No te lo repetiré dos veces. No eches cuenta de casarte con mi hija. Déjala, o eres hombre muerto”.

Aquella misma noche, cuando dieron las doce, Valentín corrió a contarle a su amada el encuentro que había tenido con su padre. Esperó a que se apagara la última luz de la casa de los González y al rato tiró una chinita a la ventana de su novia. A los pocos minutos la muchacha apareció tras la reja y al oír lo que su padre le había dicho enfureció y le juró amor eterno. El chico, encendido por la grandeza de aquella pasión se envalentonó y quiso estar a la altura de las circunstancias llevando aquel amor hacia delante con o sin el consentimiento de los González.

Unos días después, el 15 de agosto, con el fin de alejarla de su amado, sacaron a María en secreto de Miajadas para pasar una temporada en casa de unos familiares en Almoharín, que dista a una legua aproximadamente. Pero a los pocos días Valentín ya sabía el lugar en que se encontraba su amada y quedaron para las Fiestas Mayores de Agosto. El día 17 Valentín, estuvo como cada semana en Trujillo vendiendo melones, sandías y hortalizas, aquel día volvió antes a Miajadas, pues era el día que había quedado con su amor en Almoharín, paso por el tío Galo, el barbero y le dijo: “Aféitame para ir a ver a mi novia” subió al carro y llegó a Miajadas con el tiempo justo de lavarse, ponerse ropa limpia y montar en la bicicleta en dirección a Almoharín. Llego al pueblo cuando ya había empezado el baile, un baile apenas iluminado por media docena de bombillas colgadas de una cuerda aunque estaba muy animado. Valentín y María se reencontraron y se apartaron de la gente, pero alguien les sorprendió y corrió la voz hasta que llegó a casa de los González. Enterado el padre, José González Díaz y en compañía de su hermano, Francisco González Díaz, de su hijo Juan González Acero y otros familiares y amigos decidieron aguardar el regreso de Valentín a Miajadas y apostados detrás de unas tapias junto a la carretera cerca del cementerio le esperaron. Usaron como cebo para atraer a Valentín a un conocido de suyo, Diego Caro.

Con las claras del día, Valentín montó en su bicicleta de vuelta a casa, volvía feliz tras haberse reencontrado con su amada, aquel día el amanecer le parecía especial. Pero a escasos metros de llegar a Miajadas, junto a las obras del silo del Servicio Nacional de Trigo se encontró a su amigo Diego Caro, paró y se apeó de la bicicleta para hablar con el , momento en el que, los demás, sin mediar palabra se echaron todos sobre él y le golpearon haciéndole perder el sentido. En estado de shock pero aún con vida lo llevaron a hombros hasta el cementerio por el camino de la Fuente la Zarza, allí, el que iba a ser su futuro suegro, José le mató de un tiro en la sien y su cuerpo fue enterrado en secreto en el cementerio. Una vez cometido el crimen los asesinos se dispersaron en distintas direcciones, marcharon dos de ellos, Francisco González y José Torres a la casa de prostitución regentada por Andrea Jiménez, la cual para impedir el descubrimiento hizo destruir las ropas manchadas de sangre.

Al día siguiente apareció la bicicleta de Valentín, pero no Valentín, todo fueron suposiciones. La opinión de la gente se dividió: unos pensaron que Valentín, asustado o sobornado por los González, habría huido. Otros, sin embargo, los que le conocían mejor no podían creer tal suposición, pero tampoco se atrevían a hacer conjeturas, por miedo a descubrir la verdad. María se encontraba destrozada, pues había perdido al amor de su vida y culpaba de ello a su progenitor. Pero con lo que no contaban los González fue con que junto al escenario del crimen se encontrara otro muchacho, que también venía de Almoharín y que al ver lo que estaba sucediendo se subió asustado a una higuera y fue testigo de todo. Al reconocer a los González intuyó las consecuencias de una denuncia y prefirió guardar el secreto. Durante unos meses nada se supo de Valentín ¿Había huido? ¿Habría sido asesinado? Hasta que al testigo del macabro crimen la conciencia no le permitió guardar por más tiempo el secreto y una tarde que enfermó y al límite de sus fuerzas, le confesó a su padre: “Valentín no va a volver, está enterrado en el cementerio”.

Estas declaraciones supusieron para los González el principio del fin. Tres años después fueron juzgados en Cáceres nueve hombres y la propietaria de la casa de prostitución.

Finalmente solamente fueron condenadas ocho personas, la Audiencia condenó a cinco de ellos como autores del crimen: a treinta años de prisión al padre de la novia, José González, a su hermano Francisco González Díaz y a Francisco Auspicio Díaz Vázquez “El Llorona”. A veinticinco años de prisión fueron condenados José Torres Loro “El Dañino” y Juan Eloy Ruiz Almaraz “El tío Eloy” condenó a dos como encubridores Juan Méndez Riego “El madrileño” a diez años y Andrea Jiménez Berardo a siete años de prisión y como cómplice a Diego Caro Cabeza a diecisiete años. La sentencia fue recurrida en el Supremo y en el año 1952, elevó las condenas de 25 a 30 años para José Torres y Juan Eloy Ruiz.

Así comenzaba un romance que se hizo popular en Extremadura y que narraba el asesinato de Valentín Corrales Vázquez el 18 de agosto de 1948, cometido a 500 metros de Miajadas:

“A la entrada de Miajadas

hay que poner un letrero:

“Aquí mató a Valentín

un puñao de pistoleros”

Por querer a una mujer

a un infeliz han matado...”

Temática Sucesos Crímenes
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4 Comentarios

  • Anónimo April 05, 2017 reply

    Lastima no encontrar en este relato las extrañas dudas del juez ante tan asombroso relato

  • Anonimo April 05, 2017 reply

    Nunca se supo la verdad. Todo político.

  • Paqui April 05, 2017 reply

    mi padre fue detenido y torturado por ese crimen y dejado en lobertat cosa que no tuvo nada que ver

  • Hortet April 05, 2017 reply

    yo recuerdo poco pues mi padre no le gustava contar lo que si se que tanto a mi tio joaquin hortet y padre miguel hortet los encerraron como perros y los torturaron por una cosa que no habian cometido y estas cosas siguen ocurriendo

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