La viuda de la calle Garciaz

A mediados del siglo XVI, en la ciudad de Trujillo vivía una mujer viuda conocida como “Marineda de Moñino”, otras versiones hablan de “María Barca” y su hijo Juanillo, esta señora desde hacía años estaba viuda del que parecía ser un hidalgo trujillano, del cual heredó su apellido. Poco sabemos de él solamente que era del linaje de los Moñino que le acreditaba como noble trujillano, aunque de los segundones por su escasa hacienda, poco aficionado a ganarse el sustento y con gran picardía que a cuenta de su apellido le echaba cuento al asunto.

Un siglo antes, concretamente en 1465 el rey Enrique IV de Castilla le concedió a la ciudad de Trujillo el privilegio de poseer un mercado franco todos los jueves del año, lo que suponía que todas las mercancías estarían exentas de pagar alcabalas y portazgos. Desde entonces dicho mercado se celebraba en lo que se conocía como arrabal de San Martin, actual Plaza Mayor. A la lonja acudían numerosos campesinos, tratantes, buhoneros… todos venidos de los centros de venta más importantes que existían en los alrededores. Famosas eran en este mercado las frutas de la Vera, los quesos de la Sierra de Guadalupe y de los Ibores o las alubias de Berzocana. En esta plaza se trataba con todo, desde la subasta de un caballo a la venta de un manojo de acelgas.

Por aquellos entonces, a Juanillo, el hijo de Marineda, y a su cuadrilla le gustaba hacer de las suyas en el mercado, pues aprovechaban la algarabía que se formaba para pillar desprevenidos a los comerciantes y sustraer algún manjar, unos robaban por necesidad y para otros todos esto era un mero juego.

El caso es que cierto jueves llegó al mercado un comerciante verato con un carro lleno de fruta, durante buena parte de la mañana no le quitó ojo a la cuadrilla de Juanillo, pues observando su inquietud y temía que le pudieran robar el género. No obstante Juanillo y sus compinches lograron hurtar unos buenos puñados de cerezas al comerciante verato sin que éste se diera cuenta. Al poco tiempo Juanillo, habiendo saboreado un manjar tan exquisito, quiso repetir la fechoría y volvió a acercarse al carro del frutero para volver a coger cerezas, momento en el que el comerciante se dio cuenta y trató de agarrarlo, pero el joven echó a correr con gran celeridad, el frutero sin pensárselo dos veces le arrojó una de las pesas de la romana con tan mala fortuna que fue a darle en toda la cabeza.

En ese mismo momento Juanillo se desplomó inmóvil en el suelo. La gente comenzó a aproximarse para ver qué había ocurrido. El joven estaba muerto. El murmullo en la plaza iba en aumento, identificaron el cadáver del joven resultando ser el hijo de Marineda Moñino. La muchedumbre coincidió en señalar al verato como el responsable del suceso y comenzó a clamar justicia y pedir venganza. El frutero comenzó a pensar que unos puñados de cerezas no valían el trágico final del chico. Un grupo de personas instó a apresar al comerciante por lo que tuvo que salir corriendo de la Plaza Mayor, no conocía bien Trujillo y se alejaba velozmente del mercado perseguido por una muchedumbre enfurecida.  

Entró corriendo en la calle Garciaz y pidió asilo en la primera casa que vio con la puerta abierta, sin saber que era la vivienda de Marineda Moñino, la madre del joven fallecido. La mujer al ver la desesperación del frutero y sin saber nada de lo ocurrido lo ocultó en su casa. A los pocos minutos se presentaron en su domicilio un buen número de vecinos con el cadáver de su hijo en brazos, y cuando le explicaron lo sucedido supo con certeza a quien estaba dando cobijo en su casa. Era el asesino de su hijo.

Al caer la noche, una vez que Marineda quedó a solas con el cadáver de su hijo en casa, llamó al frutero al que le pidió explicaciones de lo ocurrido, el verato entre lágrimas pidió mil veces disculpas a la mujer. Marineda, a pesar de que le corroía el alma por dentro, le dijo que no le delataría porque le había dado su palabra y le perdonaba porque lo había hecho sin intención y por el arrepentimiento que mostraba, no obstante, no le quería volver a ver en su vida porque si se volvían a cruzar ella misma le arrancaría la entrañas con sus manos.

Marineda fue sin duda una mujer de palabra y gran temple, a la que le arrebataron todo cuento más quería y teniendo la venganza en su mano no quiso hacer uso de ella y supo perdonar al asesino de su hijo.

Fuente: Leyendas Trujillanas / REDONDO RODRÍGUEZ, José Antonio
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