El Tío del Bronci

Cierta madrugada de octubre de 1945, Antonio Picholas, de sesenta y seis años y vecino de El Gasco se encontraba en cercana Sierra de la Corredera haciendo carbón con leña de brezo, para al amanecer ir a venderlo a la Sierra de Francia.

Aquella gélida noche, estaba el buen hombre resguardado al lado de la carbonera arropado con una manta y junto a una cacuela de barro donde hervía unas castañas para hacer una sopa. De repente en plena madrugada, cuando se encontraba en pleno duermevela creyó escuchar un estremecedor grito que le despertó, le hacía parecido escuchar la voz profunda de un hombre que gritaba “heeeeeeeeeey”, “heeeeeeeeeey", un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Asustado se mantuvo unos segundos en silencio esperando volver a oír el grito, pero al momento pensó que ese sonido podría haber provenido del puchero que estaba al fuego hirviendo las castañas. Pero aquel sonido no habia sido producido por la cazuela y es que de nuevo desde lo más alto de los picos de la Sierra de la Corredera resonó un estremecedor “heeeeeeeeeey”, “heeeeeeeeeey", de un brinco Antonio se puso en pie y al hacerlo se encontró frente a el a un extraño ser.

Un terrible espantajo se encontraba a pocos metros de él inmóvil y mirándolo fijamente, llevaba un especie de traje negro reluciente, como si fuera de bronce, esta vestimenta tenía unas extrañas correas a los lados, sus brazos eran gruesos y muy pequeños y los tenía pegados al cuerpo, su cabeza tenía forma de huevo y sobre ella llevaba un casco de bronce o hierro como el que llevaban los antiguos soldados, dos botas también negras completaban su indumentaria

Antonio terriblemente asustado pensó que se trataba del mismísimo diablo, en cierto momento el ser comenzó a aproximarse a él y Antonio lentamente retrocedió muerto de miedo, aquel misterioso personaje se colocó sobre la carbonera esparciendo las ascuas y a apenas dos metros de él volvió a gritar: “heeeeeeeeeey”, “heeeeeeeeeey". Antonio presa del pánico comenzó revolverse, se estaba poniendo malo, comenzó tosiendo hasta que terminó vomitando sangre ante la enigmática mirada del que bautizaron como “El Tio de Bronci”. El espantajo desapareció al igual que apareció, de repente y es que se fue apagando poco a poco, su traje negro se fue fundiendo con el negro de la noche.

Antonio jamás se recuperó tras aquella insólita experiencia, no volvió a ser el mismo, aquel ser lo llevó a la sepultura y el que el pobre creía haber visto al mismísimo diablo que venía a por el, un tiempo más tarde Antonio puso punto y final a su vida tirándose por un puente. 

Cuentan que “El Tio de Bronci” fue visto al menos en otras dos ocasiones más en Las Hurdes, al año siguiente, en 1946, un vecino de Carabusino lo vio de pasada por la zona alta de los bancales de tierra del pueblo y a otros dos hombres también les dio un buen susto al aparecérseles en el entorno de Casar de Palomero.

Fuente: El Paraíso Maldito / Iker Jiménez
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